9/12/09

La curiosa historia del futbolín


Cuando en 1951 se instalaron en España los primeros pinballs hubo que adaptar el artefacto a nuestra imprevisible idiosincrasia, pues aquí todo resultaba mucho más rápido y contundente que en Estados Unidos. Allí, donde venían funcionando desde 1920, una partida duraba en torno a los tres minutos; aquí, no llegaba al minuto y cuarto. La razón, un precedente autóctono: el futbolín. Éste había desarrollado un tipo de jugador muy fogueado en arrear coces y tumbos a las mesas, dispuesto a pelear cada bola como si en ello le fuera la vida.

No era para menos: había sido inventado en plena Guerra Civil por Alejandro Finisterre, el futuro editor del poeta León Felipe. Lo puso a punto en un sanatorio que acogía a niños mutilados, con el propósito de ayudar a su rehabilitación: ya que no podían jugar al fútbol de verdad, al menos practicarían esta variante de mesa. En circunstancias normales, con un invento así se habría hecho de oro. Pero no durante la durísima posguerra franquista. No tuvo oportunidad de reclamar su patente. Se trataba de un rojo, de un vencido. Ya en el exilio, Finisterre pudo haber hecho un gran negocio en EE UU; pero se negó cuando supo que, para ello, tenía que llegar a acuerdos con la Mafia.

Alberto Porlan


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